Formación Profesional: Ética, Práctica y Silencios Universitarios
Hoy en día es más evidente la presencia de profesionales de distintas áreas que, lamentablemente, presentan comportamientos comprometedores. No solo se trata de fallas en la ejecución técnica de sus servicios, sino también de actitudes que afectan la relación entre quien solicita el servicio y quien lo ofrece. Este tipo de situaciones parece estar cada vez más expuesto por dos razones principales: (1) el poder que otorgan las redes sociales para ser escuchados, facilitando la visibilización de denuncias; y (2) el acceso a la información, lo que ha generado una comunidad más crítica, o al menos con mayor capacidad de señalar lo que considera mala praxis.
Dicho esto, quiero centrarme en un aspecto que considero clave para la perpetuación de este fenómeno: los comportamientos poco éticos o ineficaces de ciertos profesionales, tanto en su ejercicio como en su forma de relacionarse con los usuarios. Y sí, señalo con claridad a las universidades como uno de los espacios donde puede observarse un progresivo deterioro en la práctica docente y en la gestión administrativa ante quejas o señalamientos sobre el servicio educativo.
Permítanme ilustrarlo con algunos ejemplos:
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El ejercicio docente sin habilidades blandas: Hay docentes que, aun teniendo dominio técnico del contenido, carecen de habilidades para gestionar éticamente el aula. No saben regular sus emociones, actúan impulsivamente o tratan a los estudiantes de forma inapropiada. Esta carencia no es menor: afecta la experiencia de aprendizaje y reproduce una cultura profesional disfuncional.
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El docente sin competencias técnicas reales: En ocasiones, se designa a una persona como docente simplemente porque posee una certificación técnica, pero sin validar si realmente tiene el conocimiento, ya sea porque su programa académico fue débil o porque su formación no fue adecuadamente evaluada.
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El docente colocado por conveniencia: También se da el caso de quienes acceden a una cátedra por vínculos con estructuras administrativas, sin contar con las acreditaciones o el perfil requerido para impartir la asignatura.
En cuanto al ámbito administrativo, muchas veces se evade el cumplimiento de los procesos de supervisión, evaluación y consecuencias. En algunos campus se ha instalado una cultura de silencio: no se reportan irregularidades para “no causar daño” o para evitar conflictos.
Desde la perspectiva del estudiante, las principales barreras para reportar a un docente son:
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“Aunque lo reporte, no me harán caso, porque ya hay antecedentes similares sin respuesta.”
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“Si lo denuncio, mi identidad puede no ser protegida y el docente podría tomar represalias.”
Desde la visión del docente, las excusas frecuentes para no reportar al estudiante son:
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“No quiero dañarlo. Al final, no soy yo el responsable de su futuro.”
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“No vale la pena el esfuerzo de hacer un informe con el salario que recibo aquí.”
Ambas posturas tienen elementos de verdad, pero también son parte del problema. Su permanencia contribuye a la normalización del silencio frente a conductas inadecuadas, y eso impacta directamente en la formación ética y académica de los futuros profesionales.
Por un lado, esta situación deteriora desde la docencia la calidad de los profesionales del mañana. Pero también hay un segundo actor fundamental en esta trama: el estudiante. El aula es un espacio donde conviven personas con diferentes concepciones sobre la integridad, y no todos los estudiantes actúan con ética o compromiso. Esto no siempre responde a fallas docentes; a veces, los estudiantes simplemente no tienen una genuina intención de aprender o están atravesados por factores que afectan su desempeño.
En este contexto, mi intención con este texto no es solo criticar, sino reflexionar. Muchas veces, los esfuerzos por “solucionar” estos problemas se hacen con buena intención, pero sin generar cambios reales. Seguimos formando profesionales con una ética débil, poco realista, con escasa comprensión de lo que significa actuar profesionalmente, y con brechas importantes en los conocimientos básicos de su área.
Y lo más preocupante es que todos, en distintas dimensiones, contribuimos —por acción u omisión— a que este mal siga reproduciéndose, mutando, empeorando, y pareciendo cada vez más difícil de erradicar.
Excelente reflexión y aporte.
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